miércoles, 17 de febrero de 2010

Lunes 15, 22hs



Llueve. Y llueve mucho. Pero no se bien como definir el "mucho" para que se entienda.... Podría medirlo en la cantidad de milímetros que cayeron en una hora pero eso tampoco ayudaría para lo que quiero ilustrar. Mi "mucho" en este caso, está mas relacionado a que tan anegadas quedan las calles. Ahora por ejemplo, mirando a través de la ventanilla a mi izquierda, es imposible distinguir el cordón de la vereda; vereda y calle son una misma cosa, unidas ambas por un violento y espumoso manto de agua. Yo estoy plácidamente sentado en un colectivo en rol de espectador pasivo, totalmente ajeno a lo que sucede, observando la desesperación de la gente. Si no fuese por el placer que me causa dicho espectáculo, podría decirse que este es tan solo otro aburrido viaje en colectivo. Pero llueve. Y mucho. Y miro a la gente gente desesperada por las calles, corriendo para resguardarse en el techo de alguna casa, idea absurda ya que luego de unos segundos debajo del cielo lluvioso haría que, y perdón por la blasfemia, queden totalmente meados por la furia de dios.
Otro tipo de personas, más adineradas supongo, o con mayor mala suerte que las mencionadas anteriormente, desesperadas en sus autos, tratan de subirlos a la vereda -si es que pueden discernir donde se encuentra- o de refugiarlos en alguna estación de servicio ya que el agua parece no ceder y, de llegar al motor, podría arruinar sus preciosos móviles. 
Los integrantes del tercer grupo son los encargados y trabajadores de los negocios, comercios, y todo tipo de tiendas, quienes tratan en vano de evitar que el agua barra sus locales. "Inútil" es la primera palabra que se me viene a la cabeza cuando los veo con pequeños baldes, un secador y un trapo de piso.
"Diluvio comercial" Así solía llamarle de chico a éste mucho ya que me llamaba la atención como los comercios quedaban totalmente inundados. Se ve que la gente en general tenía mucha menos importancia por aquellas épocas.
Y miro por mi ventana y solo veo ríos caudalosos, grandes olas por doquier que chocan unas con otras empujadas por distintas corrientes subterráneas.
Y pienso en la justa ambición -o derecho- del agua por barrer con todo lo humano.
Y este pensamiento me hace sonreír.

1 comentario:

meL dijo...

El dulce sabor del caos.
Es malisimo lo q pasa con este tipo de lluvias a nivel social, pero cuanta adrenalina, cuanto morbo , cuanto deseo de que pase algo emocionante en esta ciudad aburrida, cuanto deseo de destruccion se genera en nuestro inconsciente oscuro y cuanta paz. La lluvia cuanto mas violenta me da mas paz.

see iu